Que parezca un accidente

Me hice el desmayado. Apenas toqué el paragolpes del Fairlane salté de la bici, me dejé caer hacia un costado y ahí quedé, tirado sobre el pastito, procurando moverme lo menos posible. ¿Qué iba a hacer si no? ¿Ponerme a explicarle a don Carlo por qué le había chocado el auto? No, habría descubierto mi secreto. Tampoco es que tuve mucho tiempo para pensar. Fingir un desmayo fue lo primero que se me ocurrió. Algunos dirán “¡qué melodramático!” o que era innecesario montar escena semejante o que era cuestión de hablar con don Carlo y listo. A ellos les diría: era pendejo, no rompan las bolas.

La rueda contra el paragolpes sonó así: ¡clan! Don Carlo bajó del auto puteando despacito pero con énfasis, como si estuviera apretando los dientes. Yo me había desmayado, no podía abrir los ojos, así que no lo vi, pero escuché todo. La puerta del Fairlane que se abría, los insultos creativamente formulados en torno a las palabras “madre” y “hermana”, los pasos secos de don Carlo sobre el pasto… Después hubo un momento de silencio. Imagino que el viejo se habrá fijado si tenía abollado el paragolpes. Yo sabía que no, que el choque no había sido para tanto, y eso, en el fondo, era un gran consuelo. Pero muy, muy en el fondo, porque lo que yo temía realmente no era que el auto estuviese dañado. Eso tenía arreglo. Lo que estaba en juego eran cosas más importantes, mucho más importantes que mi responsabilidad en un posible daño material (que de posible tenía muy poco; ¿a qué velocidad tendría que haber ido para abollar el paragolpes de un Fairlane del setenta y tres con aquella bici rodado dieciocho?) o que el dinero que mi viejo tendría que poner para arreglarlo. Lo que estaba en juego eran mi imagen y mi dignidad personal. Esa tarde, de no haber cometido el engaño que tan vilmente cometí, podría haber quedado en ridículo frente a un vecino que seguiría viendo todas o casi todas las tardes del año y pico que me quedaba de infancia (suponiendo que uno ingresa a la adolescencia al mismo tiempo que a la escuela secundaria). Y don Carlo no se quedaría callado, correría la voz, divulgaría mi secreto durante una cena familiar, se lo contaría en el súper al resto de los vecinos y yo quedaría expuesto y todos se reirían de mí y me apuntarían con el dedo y me dirían “grandote al pedo” y otras cosas por el estilo. Era imperioso evitar semejante desenlace.

—Pibe, ¿estás bien? —preguntó don Carlo con voz inexpresiva.

No le respondí. Tenía dos motivos para no hacerlo. Primero: ya que me estaba haciendo el desmayado, tenía que hacerlo bien. Si reaccionaba de inmediato no hubiera sido creíble. Tampoco provocaría el efecto que esperaba provocar: que don Carlo, el hombre al que yo le había chocado el auto de atrás con la bici mientras él estaba correctamente estacionado en la puerta de su casa, me viera a mí como la víctima. Ese era el segundo motivo. Quería desviar su atención, inquietarlo tanto que no empezara a preguntar cosas tales como por qué no había doblado, si no me andaban los frenos o la peor de todas: si no sabía andar en bici. Entrar en ese juego habría sido mi perdición. Yo sabía que era dueño de una marcada tendencia a decir la verdad en cualquier circunstancia, algo que los adultos alababan a menudo pero que yo detestaba. Menos mal que el tiempo se encargó de atemperar esa tendencia, porque era honesto hasta la autodestrucción. La cuestión era esta: si don Carlo preguntaba, no había forma de seguir escondiendo la verdad y el viejo se me reiría en la cara. No daba para entrar en esa. Por el momento, era mejor no responder.

Escuché que don Carlo daba unos pasos más, pero no venía hacia mí. Era como si estuviera caminando en círculos. Pensé que tal vez estuviera preocupado o asustado, lo imaginaba agarrádose la cabeza. Mis propósitos se estaban concretando según lo previsto.

—¿Estás bien, pibe? —insistió.

Ahora sí ya había pasado un tiempo prudente y no sería inverosímil que fuera despertando. Entreabrí los ojos pero no me moví. Vi los zapatos de don Carlo, marrones con hebillas color plata. Levanté la vista y pude ver que me tendía la mano. Su expresión, efectivamente, era la de un tipo preocupado. Era como si estuviera conteniendo la respiración. Pero en seguida, al verme reaccionar, hizo un gesto de alivio y relajó los hombros. Su aspecto se volvió amable y pacífico; tanto que era difícil imaginarlo diciendo las cosas que había dicho sobre mi vieja y mi hermana; tanto que me dio la confianza suficiente para levantarme rápido, sin los movimientos dramáticos y aparatosos que tenía previstos, y que hubieran armonizado mejor con el resto de mi actuación.

—Sí, estoy bien. Gracias —dije cuando estuve de pie y con voz adrede temblorosa.

Mientras me daba unos golpecitos en el cuerpo para sacarme el pasto que tenía pegado, vi de refilón que don Carlo me miraba. Fijo me miraba. Quería creer que lo peor ya había pasado, pero esa espesa mirada no podía indicar nada bueno. Entonces don Carlo habló con voz grave, infinitamente profunda (al menos así la recuerdo), y las palabras que pronunció me retumbaron con tales fuerza y rimbombancia en el pecho que se confundieron con mis latidos, y hasta parecía que no las estaba diciendo parado frente a mí, sino desde algún lugar recóndito dentro de mí.

—Qué, ¿no sabés andar en bici?

Que no, que no sabía andar en bici, que recién estaba aprendiendo, que esa bici ni siquiera era mía, que era de Bruno, que yo era el único de la cuadra que no tenía bici, que todos mis amigos habían aprendido a andar a los cinco o seis y que no siempre me prestaban sus bicis, aunque yo no hiciera más que agarrar pasaje Maida derecho desde Uriburu hasta Estado de Israel (a veces hacía una cuadra más hasta Benito Juárez), frenar en la esquina, apoyar los pies en el suelo, girar la bici ciento ochenta grados y volver pedaleando despacito, que tenía que insistir bastante hasta que alguno me la prestara, porque ellos sabían que yo terminaba así, estrellado contra las cosas, que me concentraba tanto en pedalear y tomar velocidad para no caerme que me olvidaba por completo del manubrio, y si de repente me daba cuenta de estar yendo directo hacia un árbol, un poste o un auto estacionado, me ponía tan nervioso que, aunque levantara los pies de los pedales, no atinaba a frenar o a torcer el manubrio y terminaba chocando y que me había hecho el desmayado para que todo eso no fuera descubierto: esto fue lo que estuve a punto de decirle a don Carlo, pero no le dije nada. Sorpresiva y felizmente no le dije nada. En cambio, lo miré, sonreí (no sabría decir por qué), levanté la bici y así nomás, sin saludar ni nada, pegué media vuelta y me fui. Caminando, por las dudas.

El cadáver de la monja

El otro día salí pensativo del taller literario. Volví a casa por Oroño caminando a paso lento. Cuando hube llegado, antes de matar a la monja que había tomado como rehén en la insurrección del día anterior, escribí este ensayito filosófico:

“REFLEXIONES EN TORNO A LA RELACIÓN ENTRE EL TODO Y LA PARTE

¿Qué es anterior: la parte o el todo?

Lo primero es aclarar qué entendemos por parte y qué por todo (o totalidad, como lo llamaremos en adelante). Ya en este primer paso se revela la mutua dependencia de ambos conceptos, porque, a menos que la pesadumbre matutina me esté afectando las neuronas (son las nueve de la mañana), no hay otra manera de hablar de la parte que no sea remitiéndola a la totalidad. La parte es parte de algo; ese algo es la totalidad. Parece ser, entonces, que desde el punto de vista lingüístico y conceptual la totalidad es anterior a la parte, pues si no lo fuera debería ser posible hablar de la parte sin aludir a la totalidad. Pero si la totalidad es anterior a la parte, tendríamos que poder hablar de ella sin mencionar el término parte. Esta definición no sería válida: “la totalidad es el conjunto o la sumatoria de las partes”, porque en ella se da una preeminencia de la parte, que es precisamente lo que buscamos evitar. Quizá podamos definir la totalidad como “unicidad originaria”. Unicidad y no unidad, porque unidad puede llegar a confundirse con la reunión o síntesis de la pluralidad, y en ese caso la parte (lo plural) sería anterior a la totalidad (lo uno); unicidad, en cambio, es la propiedad de lo que es único. Por ser único, es uno; por ser único y uno, es total. La totalidad es, entonces, unicidad, pero hemos añadido el calificativo “originaria”. Este adjetivo pretende reforzar la idea de que lo total es anterior y que está, precisamente, en el origen de la particularidad. Un ejemplo sencillo para ilustrarlo: puedo concebir un árbol sin hojas, pero no puedo pensar en la hoja sin el árbol.

¿Es lo mismo en el plano gnoseológico? En el proceso de conocimiento (si el conocimiento es un proceso), ¿es también la totalidad anterior a la parte? Retomando el ejemplo del árbol, tal vez habría que decir que sí, pues el conocimiento que podamos tener de la hoja será completo únicamente cuando esté referido de algún modo al conocimiento que tenemos del árbol. Si no conocemos el árbol, jamás comprenderemos la hoja. Pero qué necios seríamos si dijéramos que lo primero en ser conocido es el árbol. Si así lo hiciéramos, permaneceríamos en el plano del puro concepto y descuidaríamos el análisis del camino que ulteriormente nos llevaría a dicho plano. No, el conocimiento del árbol como totalidad viene al final. Lo primero que conocemos es la hoja (o la rama o el brote), el detalle, lo menor. Cierto que nunca percibimos una hoja, una rama o una flor sola; estas cosas siempre se presentan inmersas en un paisaje. No obstante, para la mente es imposible aprehender todos los detalles así, inmediatamente, luego de mirar un paisaje: debe acercarse a lo particular y enfocarse en ello, quedar en ello. En torno a lo particular se abrirán interrogantes que irán dibujando el camino para llegar al conocimiento de la totalidad.

Un poco más allá del plano gnoseológico encontramos el ontológico, el plano del ser. ¿Qué es antes en la realidad: la parte o la totalidad? En este punto hay que dar un salto de fe (o inventar, que es lo mismo), porque abandonamos el recinto de la subjetividad para lanzarnos hacia fuera, al mundo de los objetos. Es cierto que esto de poner el objeto fuera del sujeto (frente al sujeto) es cosa de los modernos, un vicio que heredamos de ellos y que se ha convertido en una arista de nuestra matriz de pensamiento, por así decirlo. Tal vez sea por eso, porque así aprendimos a pensar, que nos parece la manera más elocuente de hablar sobre nuestra relación con la realidad objetiva, aunque en el fondo sepamos que en algún momento tendremos que superarla. Pero todavía no. Por ahora usémosla.

Entonces, ¿qué es anterior en el plano del ser, de la realidad objetiva: la parte o el todo? Hagamos notar primero que aquí estamos nosotros queriendo pensar en algo que es, a nivel ontológico, distinto de nosotros. Nosotros no somos los objetos que pensamos. Pero si los objetos son lo otro respecto de nosotros, ¿cómo es que podemos decir cosas acerca de ellos? Y al mismo tiempo preguntamos, ¿importa esto? Digamos que sabemos de ellos y punto. La verdadera cuestión a dirimir es si lo que decimos sobre las cosas del mundo aplica a las cosas mismas, o si no será que nos estamos engañando y lo que llamamos cosas no son más que fantasmas que pueblan nuestra mente. (¿Fantasmas de qué serían?) Y la respuesta más sensata, aunque parezca superficial, es: no podemos saberlo. No obstante, nuestra vida funciona bastante bien cuando no distinguimos (1) lo que se manifiesta en nuestra mente como cosas de (2) las cosas en sí. Lo demás redunda en discusiones estériles. Lo que veo y sé que es una mesa, puedo usarlo como mesa; al sentarme en lo que se me presenta como una silla, sé que no me caeré (a menos que la silla esté rota). Lo mismo vale para el resto de las cosas. El salto al plano ontológico está dado por el uso que hacemos de las cosas con las que lidiamos diariamente. Sin embargo, y retomando la pregunta inicial de este párrafo, como todo lo que pensamos y decimos se origina en la esfera de la subjetividad, cuyos muros, estrictamente hablando, nunca podemos traspasar, resulta que es imposible afirmar categóricamente que en la realidad objetiva haya partes y totalidad. Si decimos que sí, y que la parte es anterior a la totalidad o viceversa, lo decimos de lo que se presenta como real en nuestra mente y no de algo que esté fuera de ella, de lo cual no podemos tener conocimiento alguno.

Digamos que hemos intentado saltar la brecha que separa lo subjetivo de los objetivo y hemos fallado. Rebotamos contra el muro de la subjetividad. Esto podría tenerse por fracaso si no pudiéramos aprovecharlo para seguir pensando, pero este no es el caso. Por el contrario, estoy convencido de que incluso se nos ha abierto otra vía para pensar la relación entre el todo y la parte. Notemos que el criterio que hemos utilizado para conceder realidad a las cosas es de corte pragmático: las cosas son reales, dijimos, porque las tenemos por tales en el uso cotidiano. Es por el uso y no por la ciencia que las consideramos reales, existentes en sí mismas. Cuando me senté a escribir esto, lo hice sin rodear teóricamente la situación. Me senté, me puse a escribir y chau, y para mí esta notebook existe porque estoy presionando sus teclas, y es real aunque no haya demostrado lógicamente su existencia ni el conocimiento de su esencia me haya preocupado jamás. Digo, el auténtico acceso al mundo se da en nuestros cotidianos encuentros con las cosas. Pero la cualidad específica de estos encuentros radica en el hecho de que nosotros usamos las cosas, y uno de los aspectos naturales del uso es la intencionalidad. Usamos las cosas para algo. Al mismo tiempo, la intencionalidad es lo característico del obrar humano propiamente dicho. Bien, ¿qué ocurre si replicamos en este contexto de ideas nuestra pregunta inicial? Quedaría de esta forma: en el plano del obrar, ¿qué es anterior: la parte o el todo? Entonces tendríamos que ver, primero que nada, si tiene sentido aplicar los términos “parte” y “todo” en este contexto. Si fuera posible, podríamos continuar la reflexión. De lo contrario, hasta aquí habremos llegado, pero con la satisfacción de haber ejercitado largamente el intelecto.

Más arriba dijimos que los actos propiamente humanos se caracterizan por ser intencionales. Es decir que toda acción posee una finalidad. Por este motivo no podemos decir que ella sea autorreferencial, en el sentido de que siempre está remitida a algo distinto de ella misma: la finalidad que la mueve. De aquí derivamos que la acción no puede ser totalidad, porque hay un elemento —la finalidad— que está fuera de ella y que encima la precede. (Ya vimos que es posible introducir el término “totalidad”. Ahora continuemos.) Se presentan, entonces, dos caminos: o bien (1) la acción es parte de algún todo, o bien (2) en el plano del obrar práctico no hay totalidad alguna y, por ende, tampoco parte.

Aquí, pienso, tenemos que aclarar esta cuestión: ¿es válido considerar una cosa singular como totalidad o solo debemos utilizar dicho concepto para referirnos a lo único que sin dudas sería una totalidad, es decir, a la sumatoria de absolutamente todos los eventos del universo? Si optáramos por lo segundo, deberíamos eliminar la palabra “totalidad” de nuestro vocabulario. ¿Cuántas de todas las veces que la usamos habremos estado pensando en la realidad que significa? Ninguna, porque es imposible. Por otro lado, y parafraseando a Plotino, las cosas son y podemos reconocerlas en virtud de que son totalmente algo. Por supuesto, cada pequeña totalidad es parte de una totalidad más amplia y abarcante. Un libro, por ejemplo, es totalmente un libro, porque no le falta nada para ser un libro, pero al mismo tiempo es parte de una totalidad mayor: la biblioteca. En conclusión: creo que no erramos al llamar totalidad a una entidad singular.

Este pensamiento ya se encontraba (de modo implícito) en nuestra anterior consideración de la acción como posible totalidad, pero quise explicitarlo porque tal vez lo necesite para justificar el camino que en lo sucesivo vaya a tomar en mi reflexión. ¿Es la acción, entonces, parte de algún todo? ¿O será que cuando se trata de la praxis no existe nada parecido a una totalidad?

Aquí me gustaría tomar una idea propia del existencialismo (la usan Heidegger y Sartre, entre otros) y es la siguiente: que sólo es posible entrever la esencia de un hombre al final de su vida, cuando ha alcanzado su máxima posibilidad: la muerte. Vale decir, cuando ya no puede obrar más. Recién ahí podemos llegar a dar cuenta de lo que ese hombre es. Antes, mientras vivía, no era nada, porque siempre tenía en sus manos la posibilidad de elegir qué o quién ser. Pero en el instante posterior a su muerte, cuando ha cesado esta posibilidad, su esencia emerge, se hace visible. Los hombres juzgamos a otros hombres por los actos que realizan o por las intenciones con que lo hacen, pero esto nada tiene que ver con eso. Lo que quiero destacar es que la muerte confiere a la vida humana cierta unidad que tiene aspecto de totalidad. Una vez que ha muerto, la vida de un hombre es una totalidad conformada por los actos y elecciones que ha realizado a lo largo de toda su existencia. Antes había actos y elecciones, pero no totalidad. Cuando hay totalidad, ¿podemos decir que aquellos actos y decisiones funcionen como partes suyas?

Esta pregunta nos devuelve al principio. Hemos dicho que la totalidad no es un conjunto o sumatoria de partes, pero recién usamos el término conformada para indicar la relación entre los actos y elecciones particulares de un hombre, por un lado, y su vida considerada como totalidad de sentido por otro. ¿No sería lo mismo decir conformada que hablar de conjunto o sumatoria? Pienso que no elegí las palabras adecuadas. Tal vez me haya pasado lo mismo durante todo el texto. Tal vez no hay palabras adecuadas. Todo y parte, parte y todo… ¿Qué sé yo? Ya está, ya me divertí un rato pensando. Con esta mano voy a agarrar esta cuchara y voy a poner estos granos de café en este filtro y voy a hacer café (porque con granos de café no puedo preparar otra cosa que café; o tiramisú, pero ahora no da para tiramisú) para acompañar la lectura de este libro, una biografía de Wittgenstein, un hombre que podemos conocer porque ya se murió. Para mí que William James tenía razón: lo particular es el único ámbito en el que verdaderamente sucede algo.”

Después de escribir esto, me fui a dormir. Lo de la monja era mentira.

El impermeable azul

Daniel era un eximio excritor de cuentos. Tenía una prosa envidiable y sus historias podían producir verdaderos momentos de éxtasis en las vidas más hueras y banales. Sus metáforas… ¡ay, sus metáforas!: como aves de rapiña, como un lago escondido, como la Cruz del Sur. Era capaz de conmover con sus páginas a los dioses más terribles de cualquier panteón y de reducir a piltrafa a los demonios más salvajes. Pero eso no es nada: una vez le inspiró misericordia a un hombre rencoroso. Así de bueno era. Sin embargo, el renombre del que gozaba en el pueblo no provenía de su virtud literaria —no podía provenir de allí, pues él mismo era su único lector—, sino del hecho de que siempre, en todas las épocas del año y en cualquier circunstancia, vestía un impermeable azul.

Todavía recuerdo el día en que lo conocí. Yo estaba en el pueblo visitando a mis abuelos paternos. Una tarde, después de la siesta y con el mate a cuestas, salí a dar un paseo. Era otoño. Mi alma, agitada como un niño al que le sueltan la mano en un parque de diversiones, se extravió en el paisaje dorado, entre las fachadas abatidas de los almacenes de principios del novecientos, el saludo amable de los pueblerinos que pasaban en bici, las calles de tierra vírgenes de insultos, el ladrido lejano de unos perros. En todas las cosas moraba el silencio. Esa tarde cometió suicidio el metropolita que había en mí; pueblo y ciudad son modos de habitarse el hombre a sí mismo.

Mientras el monstruo de fierro y concreto se desangraba en mi interior, llegué a la plaza principal. Era pequeña y austera, pero en cierto aspecto —se me escapaba en cuál— también majestuosa. La recorrí con embriagados ojos hasta divisar entre los arbustos una figura singular, estática pero indudablemente viva, a la vez parca y luminosa, atrapante y repulsiva. Era Daniel, que estaba sentado en un banco escribiendo sin parar en un cuadernito que tenía sobre el regazo. Llevaba puesto, desde luego, su impermeable azul. Me acerqué furtivamente y me acomodé en otro banco, a unos diez metros de Daniel. No quería que notara mi presencia, pero al mismo tiempo me ilusionaba —extrañamente— con la posibilidad de que me viera, de entablar diálogo con él, de preguntarle qué escribía y esas cosas.

Me tomé los últimos mates mirando a Daniel de reojo. Él no alzaba la mirada del cuadernito, como si ahí mismo yaciera la realidad que inspiraba sus palabras o como si ellas mismas fueran lo real. El ruidoso final de un mate llamó su atención y dejó de escribir. Permaneció inmóvil unos segundos; durante el mismo tiempo, yo contuve la respiración. Volteó despacio la cabeza y con un gesto familiar —demasiado familiar— me invitó a sentarme a su lado. Sorprendido, guardé el mate en el bolsito y allá fui.

No iniciamos la conversación hasta varios minutos después. Él tomó la iniciativa. Me preguntó qué hacía en el pueblo, pues se daba cuenta de que era un forastero.

—Estoy de visita. Vine a ver a mis abuelos —comenté.

—Yo hace tiempo que vivo acá con los míos. Quería pasar un fin de semana con ellos. Un fin de semana, nada más, pero el pueblo me enamoró.

—¿Y te quedaste nomás?

—Y me quedé. No me pude ir —dijo, y posó los ojos en el horizonte.

Después hablamos, más que nada, sobre la locura de la ciudad y la necesidad de rehuirla para no volverse loco uno también. Precisamente, según me dijo, estaba escribiendo un cuento sobre ese tema. Le pedí permiso para leerlo y accedió, aunque no sin dudar. Sostuve el cuaderno entre mis manos con escrúpulo, como si fuera de arena y estuviera a punto de deshacerse. Tomé una bocanada de aire —¡fresco, fresco aire!—, cerré los ojos y pude sentir que el pecho se me ensanchaba tanto que en él cabrían todas las cosas; cuando los abrí, presto a sumergirme en el relato de mi amigo, la voz quebradiza de mi abuela sonó a mis espaldas: “¡Daniel, ¿dónde estás?!” Sin ánimos de preocuparla o hacerla enfadar, guardé pronto el cuaderno en mi bolsito, me puse en pie, me acomodé el impermeable azul y corrí a su encuentro.

Vergüenza ajena

—¿Tanto vas a demorar, la concha de tu madre? —dice el hombre obeso de barba colorada y campera de cuero que está sentado a mi derecha.

Supongo que habrá entrado al bar unos minutos antes que yo. En su mesa no hay migas ni servilletas sucias. Todavían no le deben haber traído lo que pidió. Y, su enojo no es para menos. Yo ya terminé el café con leche y avancé varias páginas del libro. Pero hasta acá llegué, después de esa puteada no creo que pueda leer más. ¡Qué situación incómoda! El tipo tiene todos los síntomas de alguien que está a punto de explotar. Mirá cómo golpetea la mesa con los dedos. Mirá con qué intensidad. Y esta moza boluda que no para de atender nuevos clientes en vez de traerle el pedido al barbudo. Calculo que no sospecha con qué intensidad pueden golpear esos gruesos dedos, sea una mesa o un rostro, el rostro de una moza incompetente. Me acuerdo de esa vez que salí a comer con mi viejo. ¡El sopapo que le dio al encargado del bar porque demoraban en traernos las hamburguesas! Yo no sabía dónde meterme. Ahora es lo mismo. Qué incómodo.

El tipo mira para todos lados. Allá está la moza. Ojalá no le pase cerca. Resopla, resopla tan fuerte que le flamean los bigotes. Son los bigotes de un hombre violento, de eso no hay duda. Altos bigotes tiene, le tapan media boca. Se pasa la mano por la cara. Es caretón el guacho pero la mano le cubre toda la cara. La moza tiene cara chiquita. Si le pega, se la hace mierda. Che, está buena la moza. Sería una lástima que le destrocen la cara. Y acá que no para de entrar gente. Se ve que esta es la hora pico. Tarde viene la gente a desayunar. Aquellos deben estar por entrar a la facu. Desayunan juntos y después van a la facu. Piola.

El hombre de barba no deja de putear. Se me hace que debe tener una habilidad especial para eso, como todos los que son violentos. Agarran una mala palabra y te arman una oración con una naturalidad asombrosa. Y las usan, sobre todo, cuando están a punto de golpear a alguien, a una moza, por ejemplo. Dicen el nombre de la persona, le adosan una puteada y después le pegan.

—¡Dale, zorra!

Claro, dijo zorra porque no sabe el nombre. Pero ahí está, ¿viste? En cualquier momento se la da. Hay varios que lo están mirando. Parece avergonzado. Ojalá le dé tanta vergüenza que no la tolere y se vaya. Andate, gordo. Andate y dejame seguir leyendo, que Pippin se está por escapar. Sos como mi viejo, hijo de puta. Andate.

Pará con la piernita. ¿Estás nervioso, gordo? Tu cabeza es desproporcionadamente grande, pero como tenés cuello de orco no te pesa y la podés mover rápido. Eso hace, la mueve rápido para todos lados buscando a la moza. Empuja la mesa con las manos y se levanta. ¿A dónde va? Hacia esa puerta. Ahí están los baños. Bien, me siento aliviado. La moza está distraída con el celular y no ve que una mujer de pelo oscuro se sienta en la mesa del gordo. ¡Avisale que ahí no! ¡Avisale, que si no van a cobrar las dos! Me voy antes de que se arme la hecatombe. Le dejo la plata acá arriba y me voy a la mierda.

—Ahí te dejé cincuenta pesos, flaca. Gracias, nos vemos.

Ahí viene el gordo. Miralo, todo agresivo, todo hijo de mil putas. Todavía no vio a la mina que le usurpó la mesa. Estoy a un giro de muñeca de abrir la puerta e irme, pero algo misterioso me retiene, estoy como en suspenso, aguantando la respiración con la mano sobre el picaporte. Quiero ver cómo les revienta la cara con la mano, con esa que seguramente no se lavó después de mear el gordo sucio y rabioso.

—¡Eh, Facu, gordo forro! —le grita la mina de pelo oscuro—.

Él hace una mueca jovial y se le acerca portando una sonrisa que la barba tupida no alcanza a esconder. Se abrazan, se besan en la boca, piden dos lágrimas en jarrita. Me voy. Qué decepción.

La mañana está sorprendentemente fresca. Cierto que ayer empezó el otoño.

Un juego de azar

¡Recuerdo su rostro tan vivamente!

Era una mañana fría y gris. Por aquellos días, alquilaba un departamento en el centro de la ciudad. De pie junto a la estufa miraba hacia la calle a través del ventanal. Veía los árboles mecerse —estremecerse— a causa del viento, que de a soplos los amaba dulcemente. Por entre sus hojas, que delante de mí se extendían incontables, podía ver a la vecina de en frente, la calva, la fisgona, alimentando en pijama a unos perros. De las esquinas brotaban impávidos transeúntes —muy pocos, era sábado— que se evitaban la mirada y en cuyos rostros, sin excepción, podía leerse la misma ingenua certidumbre: “hoy no moriré”. El asfalto estaba húmedo y brilloso por la lluvia de la noche anterior. Cada tanto, trinaba un gorrión.

“Tac, tac, tac, tsss…” Un rumor proveniente de la cocina me recordó que había puesto a calentar un poco de café. El café se había quemado. Lo bebí con fastidio y parsimonia, deseando postergar infinitamente el momento de salir a la calle. “Otra vez el mismo camino —pensé—, las mismas casas, las mismas veredas destrozadas por las mismas raíces de los mismos árboles.” Este trabajo es así: rutinario. Pero lo que en verdad me perturba no es la rutina: es la soledad, el hecho de que los hombres vivan rehuyéndome, evitándome como a una enfermedad, y ser consciente, además, de estar atado a ese destino para siempre. Ningún “para siempre” es tolerable. Tarde o temprano el espíritu se harta y quiere rebelarse, pero todo lo que puede hacer es revolverse en sí mismo, como un insecto al que le han arrancado las alas. Tiré la taza en la pileta, tomé las llaves y el abrigo y abandoné el departamento.

Los sueños turbios y el insomnio continuaban multiplicándose y el descanso perdido se dejaba sentir en mis párpados, que pesaban como si fueran de plomo. Por suerte, el aire fresco me despabiló un poco. Inicié el recorrido con la esperanza de hallar una víctima pronto. Entonces recuerdo que pensé en la palabra “víctima” y tuve la impresión de que era un puro decir.

—La víctima —me dije— sólo es tal desde su propio punto de vista. Vos no sos un asesino.

¡Claro que no soy un asesino! No voy a negar que así me sentí al comienzo, pero con el tiempo aprendí a tomar todo este asunto como un juego, un juego de azar.

—Al fin y al cabo —proseguí—, tu voluntad es como un dado que una mano ciega ha lanzado al mundo, y ha tocado que vos quieras sin quererlo vos. El azar…

—¡No me vengas con el azar! —respondí—. El azar es una pantomima, una farsa que montamos ante nosotros mismos cuando preferimos ignorar las verdaderas causas de los hechos.

—¿Qué causas?

—Bah, ¿a quién querés engañar? La gente no se muere porque sí; se muere porque yo. ¡Yo soy causa!

—¿Vos qué culpa tenés?

—No sé, pero por algo el pasado se empeña en regresar. A veces vuelve en forma de murmullo, otras como imágenes mordaces. Viene a atormentarme, a devorarme las entrañas.

—¡¿Vos qué culpa tenés?!

Distraído como estaba en esos pensamientos, me desvié de mi ruta habitual y tomé una angosta callecita, de adoquines gastados y veredas pobladas de malvones, que llegaba hasta un modesto, casi invisible barcito. Como estaba algo cansado por la caminata, no dudé en entrar a tomar algo y descansar. La añeja puerta de madera crujió cuando la abrí. Nadie se volvió para mirar. Me senté en una mesita redonda junto a la ventana y cerca de la puerta; así no desatendería del todo mi principal objetivo de aquella mañana. Había en el bar otros tres clientes: un hombre de unos sesenta años, de camisa a rayitas, pantalón marrón claro, lentes gruesos y barba desprolija, que bebía café y leía el diario; otro hombre, algunos años más joven, rubio y de ojos saltones, bien vestido, que cada tanto giraba la cabeza en dirección a la ventana, como si esperara a alguien; y una señora excesivamente arreglada, de labios rojo intenso y aros de perlas grandes, que hojeaba un catálogo de Avon. Dediqué un momento a contemplarlos, a cada uno minuciosamente, y se me ocurrió que tal vez no hiciera falta seguir buscando, que alguno de ellos podría ser mi víctima y que podría volver a casa antes de lo esperado. Debía resolverlo deprisa. Pero movido por el deseo de evitar mayores tormentos que los que por entonces me afligían, decidí dejar la cuestión, esta vez sí, en manos del azar. “El primero de los tres que pida la cuenta, ese será”, pensé, y crucé los brazos.

Unos segundos después, con gesto alegre y presuroso, alzó la mano el hombre de ojos saltones.

—La cuenta, por favor.

¡No! No parecía merecerlo, tampoco estar listo. Pero habría de sostener mi decisión. Sentí náuseas y me transpiraban las manos; la experiencia no lo salva a uno del vértigo, que surge cada vez como si fuese la primera. Tragué saliva un par de veces, me puse en pie y me lancé contra su cuerpo, sin percatarme, a causa del frenesí que me arrastraba, de que su prisa y su alegría tenían un motivo: una niña pequeña que, habiéndose adelantado a su madre, irrumpía en el bar en ese instante preciso. Un leve roce de mi cuerpo oscuro contra el suyo inmaculado, bastó para que cayera sin vida a mis pies. Contemplé su rostro pálido, toda la situación, las lágrimas, el alboroto. Aturdido, salí a la calle y desanduve cabizbajo el camino hasta el departamento. ¿Qué más podía hacer? En eso, empezó a llover.

Anacrónicas de un desvelado

Todo empezaría cuando terminase de escribir este relato. Me había quedado dormido con la frente apoyada en la mesa. No era tan tarde, serían las dos. Me esforcé por mantenerme despierto, pero de pronto sentí los ojos tan secos y pesados que parecían estar hundiéndoseme en la cara. Estuve un ratito, nada más, tipeando lo que parecían ser mis pensamientos (nunca estuve seguro de que en verdad lo fueran), merodeando, rumiando siempre la misma idea. Hice doble click en la doblevé azul, prendí la nótbuc y me acomodé en la silla. Saqué una taza del mueble que heredamos de la abuelita y la llené hasta el borde. Preparé una jarra de café bien negro con la intención de prevenir que el sueño me asaltase en plena escritura, como suele sucederme cuando por fin llega la inspiración, algo que últimamente rara vez ocurre. Puse la pava en el fuego imaginando la mejor forma de plasmar en un cuento la faquin idea que me había desvelado. Como Lucía y Juanma dormían, hice un esfuerzo por no derrumbar el rascacielos de platos sucios que había en la mesada, al lado de la pileta. Abrí la canilla y llené la pava hasta el borde con agua caliente, así hervía más rápido. Llegué a la cocina tambaleándome. Hacía ¿cuánto?, ¿hora, hora y media? que venía tratando de dormirme. Sin éxito, claro está. “Ya fue, estoy despabilado. Me pongo ahora.” Apagué la luz del baño y contemplé unos segundos las gotas de sangre —o de vino— que habían quedado en la bacha. Me enjuagué la boca, me cepillé las muelas con ímpetu y puse algo más de pasta en el cepillo. La pasta cayó en la pileta y resbaló del cepillo. A duras penas, farfullando una puteada, logré sacar un poco de dentífrico del pomo. “Ya que estoy, me lavo los dientes.” No tiré la cadena para no despertar a Juanma, que tiene el sueño muy liviano. Relajé los esfínteres mientras me acariciaba la barba con la punta de los dedos. Lucía tampoco había tirado la cadena. En el inodoro había mucho papel y el agua estaba amarillenta. Cerré la puerta despacito, entré y la abrí más despacio todavía. Un rato después, ¡qué ganas de mear! “Lucía, mirá para el otro lado, así no te molesta la tele.” En total tomé tres copas y un cachito. No sé cuánto tiempo habrá pasado hasta que salí de la cama y fui en busca de un poco de vino, a ver si con el vino llegaba el sueño. Di más vueltas que un perro, pero no hubo caso. Subí el ventilador, prendí el tele, me tapé, cambié de canal, me destapé, bajé el ventilador, cambié, cambié, cambié, subí el ventilador, me tapé. Lucía me dijo: “Esperá hasta mañana, no hace falta que te pongas a escribir ahora.” Me miró desconcertada; yo tenía los ojos abiertos así, bien grandes, como si quisiera ver algo en la oscuridad. Me incorporé en la cama con tal brusquedad que Lucía se despertó sobresaltada. ¡Pum!, la idea llegó de golpe apenas apoyé la cabeza en la almohada, me ebistió de lleno como un tren. Apagué el velador. Me acomodé en la cama con el mayor sigilo posible. “Lucía, recién te acostaste. ¿Ya estás dormida? No sé como hacés.” Prendí el velador. Entré despacito en la pieza, arrastrando los pies para no patinarme con ningún almohadón, que Lucía los deja todos desparramados por el piso. Yo también me voy a acostar. Fue un día largo y estoy cansado. “Chau, Lucía.” Por fin Juanma se durmió.